Por Lucrecia Romera

Para LA GACETA - MARÍA LUISA (ENTRE RÍOS)

Antes de cada Natividad me preparo, desde hace ya un largo tiempo, para visitar a las hermanas Benedictinas del Monasterio Nuestra Señora de Paraná, que comenzó a levantarse en la aldea María Luisa, en el campo, Entre Ríos, el 31 de mayo de 1987, bendecido por Juan Pablo II y bajo la anuencia espiritual del entonces Arzobispo Estanislao Karlic.

La casa de las hermanas y de huéspedes, la capilla y otras dependencias se fueron levantando a través del tiempo, al igual que actualmente la iglesia, aún en obra.

Cuando vislumbro ya desde el avión el campo entrerriano, con sus hilos de agua, de ríos, cruzando las parcelas y extensas hectáreas siempre verdes o amarillas, según sean los veranos de lluvia o de sequía, comienza también el viaje en mi mundo interior.

Las hermanas siempre me reciben con ese abrazo fraternal de comunidad hospitalaria, escrita en su regla: Ora et labora, a través de los tiempos, por su fundador, el Abad San Benito de Nursia (c480-547).

Y bajo el equilibrio de esta premisa benedictina, inicio la modesta experiencia de huésped, compartida con otros, y también en soledad.

Lo primero que siempre se me ha manifestado como algo vívido es el cambio de dimensión temporal. Empiezan a borrarse las fronteras del tiempo cronológico del reloj urbano y se abre paso el tiempo de la oración. Un pasaje del tiempo secuenciado del hombre al tiempo de Dios.

Ese pasaje temporal me conduce al estado de contemplación y alabanza donde la mente se aquieta y el corazón se expande, junto con la conciencia, al orar y cantar, acompañando al coro de las hermanas, las siete liturgias del día, que ellas comienzan con las Laudes, al amanecer, y finalizan con las completas, luego de las Vigilias, cuando ya es de noche.

Cada liturgia marca el ritmo de la regla Ora et Labora al compás del ciclo de la luz que se manifiesta así, en alabanza, como la luz de la creación: desde su hora prima hasta las Vísperas del atardecer.

A lo largo y extenso de ese ritmo litúrgico hay también acción: preparativos de almuerzos, meriendas, cenas vespertinas, lavado y fregado de ropas, dulces artesanales, cuidado de los árboles, cuidados entre hermanas, entre huéspedes, recreos dialogados, desasosiegos y sosiegos: hay Labora, si seguimos la regla benedictina, unida al Ora.

Y junto a esa expansión interior se manifiesta la naturaleza en su ontología. El arco de 360 grados de la bóveda celeste o tormentosa en toda su magnitud. Por la noche las estrellas iluminan la almohada del austero cuarto monacal y junto con la luna, en cuna o llena, entran por la ventana gracias al arco de la bóveda y se funden en la intensa contemplación.

Los petirrojos, zorzales, calandrias, tijeretas, horneros, benteveos, tordos, mirlos, inauguran la primera luz en concierto bien temperado. Un coro único en clave celestial. También los pájaros se manifiestan finitos y divinos. Sin olvidar la compañía de los teros, guardianes de las horas, que chillan a cada paso y se bañan entusiastas en los charcos después de la lluvia de verano.

Al caminar muy temprano por los campos entre maíces altos, surcos y alfalfares más lejanos, en compañía de Zoe, la perra pastora de las hermanas, que se ha quedado huérfana de su amiga Dorotea, fiel compañera de años anteriores, vivencio a cada paso la presencia de lo creado y evoco a San Juan de la Cruz, poeta: «…los valles solitarios nemorosos/las ínsulas extrañas/los ríos sonorosos/el silbo de los aires amorosos…» y me quedo, con la modestia de mi caso, « en éxtasis de harta contemplación…».

En la liturgia de las Vísperas, cuando la luz ya declina, comienza la preparación del ingreso en la noche para entrar en las Vigilias y Completas que, casi unidas en oración y alabanza, me sosiegan con agradecimiento y serenidad.

La capilla se enciende en tenue luz y las voces del coro me conducen a ese tiempo expandido que es « Aquí y Ahora», como un presente eterno, sin palabras que puedan expresarlo, trascendiendo al lenguaje, sonando al unísono de la Octava de Navidad.

© LA GACETA

Lucrecia Romera– Poeta, doctora en Letras.

*Dedico esta modesta experiencia a las hermanas del Monasterio Benedictino «Nuestra señora de Paraná»